Caballos libres, prevención de incendios y conectividad del territorio
En el año 2008 nació un proyecto diferente, la Fundación Miranda, una entidad que, siempre consecuente con su razón de ser fundacional y la dedicación al conocimiento, la comprensión y el respeto por los caballos, las personas y la naturaleza, con el paso de los años ha ido creciendo y ampliando su labor, siempre relacionada con el caballo. Actualmente, viven en la Fundación 70 caballos y ponis, 6 burros y 1 mula, que reciben todo el soporte y, cuando es necesario, un complemento de forraje y atención veterinaria para asegurar la calidad de su proceso de adaptación, en el marco del Protocolo para el bienestar de los caballos de la entidad.
En la Fundación explican que, de la experiencia con los caballos en libertad, extraen cada día la sabiduría y las capacidades de estos animales para la no dependencia. Un conocimiento que utilizan para el conocimiento personal. En su página web, www.fundaciomiranda.org, comentan que “los caballos de la Fundación son un gran espejo para las personas, por eso se han convertido en un magnífico equipo de profesionales de la salud y una inspiración que nos hace estar más presentes y que nos invita a emprender un camino de conciencia y autoconocimiento”. En este sentido, la Fundación facilita procesos terapéuticos, sanadores o simplemente personales.

Caballos que transforman
Compartir la vida con caballos libres y sanos no solo nos hace mejorar como personas, también repercute en la mejora del entorno, como aseguran desde la Fundación. Por ello, desde la entidad se apuesta por dar a conocer los caballos y hacer todo lo posible para evitar que tengan que vivir vidas indignas, y a la vez explicar cómo la presencia de grandes herbívoros en nuestro territorio transforma el paisaje, lo custodia y favorece la prevención de incendios.
Porque la Fundación dispone de varias sedes —espacios en los que pacen los caballos y en los que tienen lugar las actividades con las personas—, y practica la trashumancia. Y es que los caballos son nómadas. Así, durante cinco o seis meses al año, de mayo a noviembre, los caballos viven en prados pirenaicos y de alta montaña, hasta que, en noviembre, se desplazan hacia tierras más cálidas donde los caballos pasan los meses de frío, de noviembre a mayo.
El resultado es el pastoreo de más de 3.000 hectáreas por toda Catalunya, hecho que ayuda a vertebrar el territorio y a salvar los bosques del país. Con las trashumancias de los rebaños de caballos y la recuperación de esta práctica ancestral casi extinguida, se contribuye asimismo a recuperar otra manera de vivir, de comunicarse, de cooperar, un modelo de sostenibilidad, un legado cultural y de memoria histórica.
“Compartir la vida con los caballos en libertad nos hace mejores personas. En la Fundación, de ellos extraemos cada día la sabiduría y la capacidad para la no dependencia, un conocimiento que utilizamos para el conocimiento personal.”
Sedes y espacios que vertebran
Gracias a la trashumancia, los caballos de la Fundación Miranda pacen en libertad durante todo el año, a la vez que retornan la salud y el equilibrio a los bosques, se convierten en un agente de biodiversidad —la presencia de estos grandes herbívoros es de gran interés para algunas especies, ya que los caballos mantienen abiertos espacios y el sotobosque en condiciones óptimas—, y son un factor muy potente para la limpieza y la prevención de incendios. En este sentido, tal y como explican en su página web, el manejo de los rebaños se lleva a cabo de la manera más sostenible posible, respetando los vínculos familiares y de amistad que establecen los caballos, y ahorrando el elevado y antiecológico coste de la compra y transporte de hierba seca para complementar su alimentación.
Los veranos se pasan en el Pirineo y los inviernos, cerca del mar. La Fundación tiene su sede de verano en el Pla de l’Orri, en el Alt Berguedà, en la Sierra de Catllaràs, en un Espacio Protegido de Interés Natural de la Red Natura 2000, donde se llevan a cabo las actividades con las personas. La sede de invierno se encuentra en el Parque del Garraf (en Olivella), y en ocasiones se les conduce hacia zonas del Coll de Nargó, entre muchas otras.

La trashumancia tiene lugar siguiendo el Camino Ganadero de Marina, por los Caminos de la Sal y por la Senda de los Bonshomes…, un hecho que revive antiguos recorridos, descubriendo y recuperando antiguos pozos, hornos de cal, antiguas feixas de cultivo, veredas y atajos.
Esta práctica no solo contribuye a la recuperación del patrimonio histórico, natural y cultural; también genera valor en el territorio, a las personas y a las instituciones que acogen los caballos (alojamientos, restaurantes, tejados amigos, municipios, artesanos…), puesto que se convierte en todo un acontecimiento y un atractivo para la afluencia de personas y turismo.
Para hacerla posible, hay numerosas instituciones y personas implicadas, desde los ayuntamientos y municipios Amigos de la Trashumancia hasta propietarios privados, tejados amigos, alojamientos Amigos de la Trashumancia y el equipo de voluntarios de la Fundación Miranda. Y es que la entidad cuenta con una Escuela de Trashumancia, en la que se prepara a las personas para que puedan participar directamente en el proyecto y en esta intensa vivencia. Esta formación básica de dos días, que se va proponiendo a lo largo del año, es un requisito indispensable para poder formar parte integrante de ella.
Gracias a la trashumancia, los caballos de la Fundación Miranda pacen en libertad durante todo el año, a la vez que retornan la salud y el equilibrio a los bosques, se convierten en un agente de biodiversidad y son un factor muy potente para la limpieza y la prevención de incendios.
Los caballos de la Fundación Miranda —así como los perros que también viven allí, la mayoría adoptados y rescatados— constituyen un magnífico equipo de profesionales de la salud y de acompañamiento y apoyo a las personas. Junto con los grandes espacios abiertos, representan un recurso positivo y suponen un espejo y una fuente de inspiración, como modelos de plenitud y resiliencia.
Por ello la entidad ofrece terapias sanadoras o simplemente personales y propone actividades educativas y formativas para acompañar y dar apoyo, con caballos libres, a todo tipo de personas, con necesidades sociales y personales específicas, desde un enfoque sistémico, vital y creativo. Se organizan jornadas, estancias y retiros, propuestas de coaching con caballos, talleres dinámicos de comunicación animal y meditación entre caballos libres, constelaciones familiares y sistémicas, sesiones de comunicación y liderazgo, acompañamiento en procesos de duelo…, a la vez que se abre el espacio a quien desee alimentar cuerpo y alma.
Y es que el espacio natural en el que viven los caballos, y ellos mismos, por su conexión con la naturaleza, constituyen un potencial de salud muy poderoso.
“Los caballos de la Fundación Miranda constituyen un magnífico equipo de profesionales de la salud y de acompañamiento y apoyo a las personas.”
Un proyecto implicado en la dinamización del territorio
La Fundación está profundamente implicada en este sentido, y lo pone en práctica día a día: con la producción ecológica y de km 0, la conservación de estructuras culturales agrícolas y ganaderas ancestrales, de prácticas como la trashumancia, la red de complicidades con los productores locales de los territorios en los que pacen los caballos, la difusión y divulgación de ese tipo de producción y del consumo responsable, las buenas prácticas medioambientales y de sostenibilidad como entidad ecofriendly, las gestiones económicas a través de banca y compañías de seguros éticas…
Participa asimismo en proyectos educativos encaminados a promover y divulgar el conocimiento y el respeto hacia los caballos (entre los équidos de la Fundación se encuentran cinco ponis Pottoka muy primitivos y tres caballos Przewalski que viven en la Reserva Natural de Boumort), las personas y la naturaleza: trabaja en colaboración con escuelas y organiza campamentos, la escuela de padres y madres, un día entre caballos libres, la citada escuela de trashumancia… y participa en proyectos científicos liderados por diversas entidades y universidades: Sèlvans – Paisatges Vius, el Grup de Recerca Parc del Garraf, UAB, UDL y UB, entre otros.
Además, por el recorrido profesional de su presidenta y de una parte del patronato, la Fundación está vinculada al mundo de las artes escénicas, la comunicación y la creatividad.
“La Fundación está profundamente implicada en la dinamización del territorio y en proyectos educativos para divulgar y promover el conocimiento y el respeto por los caballos, las personas y la naturaleza.”

El extenso equipo que lo hace todo posible
Rosa Galindo Solé, actriz y cantante, es la presidenta de la Fundación Miranda y también es su cofundadora, mientras que Anna Álvarez Crispi, experta en trabajo sistémico y coaching asistido con caballos, es la vicepresidenta. Ambas encabezan un proyecto en el cual participa un extenso equipo tanto de profesionales como de colaboradores y amigos. En este viaje, les acompañan, además, el patronato, la red de soporte de socios y padrinos, muchas personas voluntarias y diversas instituciones públicas y privadas, que hacen posible y viable la iniciativa.

El equipo técnico de la Fundación Miranda está muy formado y comprometido con la mejora del bienestar de los caballos, con la conservación de los espacios naturales y con la relación del ser humano hacia estos animales. Entre sus miembros hay profesionales de ámbitos como la etología equina, el entrenamiento, la doma natural y la monta consciente y la formación y las terapias asistidas con caballos, especialistas en el cuidado y protección de los animales, veterinarios especializados en clínica de équidos, expertos en rutas a caballo, las trashumancias y proyectos vinculados al territorio, la agricultura y la ganadería ecológicas, la cocina y la alimentación consciente…

También cuentan con expertos en salud y kinesiología, en educación emocional y para el bienestar, el trabajo sistémico transaccional, el desarrollo y el acompañamiento de las personas, por citar algunos ejemplos. Otros participantes en el proyecto son el voluntariado y las personas vinculadas a la coordinación y la gestión de las actividades.
“En la Fundación Miranda participa un extenso equipo de profesionales, colaboradores y amigos. Les acompaña el patronato, la red de soporte de socios y padrinos, personas voluntarias e instituciones públicas y privadas, que hacen posible y viable la iniciativa.”
La red de soporte, abierta a todos
Pero sin duda alguna, un pilar esencial de la Fundación Miranda es la red de soporte, formada por los socios, padrinos y voluntarios. Y es que es posible participar en el proyecto de diversas maneras, con posibilidades para todo el mundo.
El apadrinamiento de un caballo es una de ellas. En la página web hay fotografías de los diversos animales que pueden ser apadrinados. Clicando sobre la misma, puede conocerse su historia y aparece el enlace para hacer efectivo el apadrinamiento, que contribuye a dar apoyo a la labor de la Fundación y permite establecer un fuerte vínculo con el caballo y su manada, visitarlo, recibir información acerca de su evolución, asistir a los encuentros de socios y padrinos, disfrutar de descuentos en las actividades y los proyectos asociados…
Otras opciones son las de hacerse socio/socia de la Fundación, hacer un donativo o dar apoyo con la aportación de 1€ al mes a través de Teaming, iniciativa solidaria de microdonaciones, o bien unirse al equipo de voluntarios, con la participación en las tareas que realiza la entidad en los espacios naturales donde pacen los caballos, colaborando en un entorno natural privilegiado y entre animales recuperados por la Fundación. Además, mensualmente se organizan encuentros de socios y padrinos. Las distintas aportaciones se destinan íntegramente a gastos/tareas relacionados con el cuidado de los animales (colaboración en rescate de caballos, facilitando y gestionando fincas de acogida, transporte de los animales decomisados, chips, compra de heno, sal y alquiler de fincas para los caballos, gastos veterinarios y tratamientos, costes de la trashumancia, pienso para los perros…); a las infraestructuras y similares, y a la labor social y medioambiental. En este marco, tienen lugar jornadas gratuitas y descuentos para colectivos en riesgo de exclusión social, acciones para preservar la biodiversidad y la custodia de la finca del Pla de l’Orri, e iniciativas de protección y preservación del bosque.
“Un pilar esencial de la Fundación Miranda es la red de soporte, formada por los socios, padrinos y personas voluntarias.”
Hablamos con Rosa Galindo Solé, presidenta de la Fundación Miranda, que también es actriz.
Entrevista a Rosa Galindo
¿Cómo te defines, como persona y como artista?
Soy una persona que intenta mejorar cada día. Me apasiona aprender, soy muy curiosa, una enamorada de la naturaleza, de la vida…, de todas las formas de vida, que contemplo con mucha motivación y curiosidad. Para mí, la naturaleza ha sido siempre mi casa.
Como artista, mi vida es mi obra de arte: más allá de mi carrera y mi trayectoria en el mundo del teatro musical (con cerca de 20 años como intérprete y protagonista de numerosas propuestas en las que he tenido la suerte de trabajar junto a los mejores directores de nuestro país), para mí la obra de arte es vivir cada día intentando impactar positivamente en el entorno —y, sobre todo, no hacerlo negativamente o lo mínimo— y vivir alineada con mis valores y principios. La creatividad me acompaña en todo lo que hago: en cómo afronto el buscar recursos, a la hora de preparar la comida, en cómo cuido los objetos que me rodean para crear espacios armoniosos.. Intento que todo lo que yo pueda generar sea creativo; ser artista de la vida, que mi película sea mi obra de arte.
“Para mí, la naturaleza ha sido siempre mi casa y la obra de arte, vivir cada día intentando impactar positivamente en el entorno y vivir alineada con mis valores y principios.”
¿Cómo describirías el espíritu y la esencia de la Fundación?
Son bastante mi esencia y mi espíritu. La Fundación la creamos, hace 11 años, Maurici Biosca —el padre de mi hijo, mi ex-pareja— y yo, y empezó como un proyecto familiar y de vida. La familia se transformó porque nos separamos, pero este ha seguido siendo un proyecto de vida. Nos hemos reubicado los dos dentro del proyecto y a mí me ha tocado llevar las riendas durante tres años. Ahora Maurici se encarga del bienestar de los caballos de Marina, en el Parque del Garraf, y yo estoy más en la zona del Pirineo. Mi cargo es el de presidenta y cofundadora de la Fundación Miranda (de la que soy voluntaria), una Fundación que tiene un espíritu conectado con la vida, de amor y de respeto hacia todo lo que está vivo, intentando conectar caballos, personas y naturaleza. Es un proyecto que se basa en el amor. Para mí, la Fundación Miranda es una historia de amor, y creo que todo el que se acerca a ella acaba enamorándose de algún modo: de los caballos, del mensaje, de los valores, de la misión. A día de hoy, es mi proyecto de vida, si bien estoy vinculada también al proyecto Eòlia Escuela Superior de Arte Dramático, creada hace 20 años y de la que soy cofundadora. Se trata de un proyecto muy consolidado que forma parte de ese aspecto más artístico de mi profesión.
“La Fundación tiene un espíritu conectado con la vida. Es una historia de amor y de respeto hacia todo lo que está vivo, e intenta conectar caballos, personas y naturaleza.”

¿Cómo y cuándo nacieron tu vínculo con los caballos y la idea de emprender este proyecto?
El vínculo con los caballos viene de mi infancia. En aquel entonces, mi tío tenía caballos y yo tuve la suerte de pasar con ellos muchos fines de semana. Mi mirada, sin embargo, iba más allá: tenía una relación paralela, sutil, espiritual, con estos animales, tenía con ellos diálogos internos. Miraba y escuchaba con sentido común y, más tarde, para mí, enseguida fue importante dar un paso más allá de la equitación tradicional, poder respetar las necesidades de los caballos. Tenía la sensación de que lo que querían era tener más espacio del que tenían.
En este sentido, la idea de emprender la Fundación Miranda es muy curiosa, porque no fui yo quien la tuvo. Se dieron unas circunstancias —entre las cuales, mi relación con Maurici— que hicieron posible que yo pudiera ir a vivir en la naturaleza, en una pequeña finca, y fue allí donde enseguida resultó muy importante para mí compartir el espacio con otros seres, con animales: perros, gatos, caballos y burros. Escuchándolos, tuve de nuevo la sensación de que para ellos aquel espacio era demasiado pequeño —los caballos son muy expansivos— y que necesitaban espacio y grupo. También entonces empecé a formarme. Hice cursos de doma natural y de etología del caballo con Luci Ruiz, quien ya, en la primera presentación, me dijo que el caballo es un ser gregario y claustrofóbico. Yo creí en ello profundamente. Observándolos, viviendo con ellos, era evidente que son gregarios y claustrofóbicos, y eso significa que necesitan cuanto más espacio mejor, y el grupo para ser libres y decidir con quien quieren vivir y con quien no, con quien se quieren relacionar y con quien no, y formar sus propias familias y sistemas.
Poco a poco fueron llegando caballos, y nosotros empezamos a ampliar territorio, hasta el día de hoy. Recuerdo que dije: “¡Pues haremos una fundación!”, y que antes de tenerla creada ya abrí una cuenta de correo con el nombre fundacioprojectemiranda: pensé que si lo hacía, mi sueño sería un poco real, ¡y así fue!
“Los caballos necesitan cuanto más espacio mejor, y el grupo para ser libres y decidir con quien quieren vivir y con quien no, con quien se quieren relacionar y con quien no, y formar sus propias familias y sistemas.”
¿Cómo compaginas tu vida como artista con el día a día de la Fundación?
Lo compagino no estando tan en activo en el mundo de las artes escénicas. Hago bastante teletrabajo en lo que se refiere a la Escuela, aunque hay una parte presencial de relaciones institucionales, de llevar la dirección artística del teatro Eòlia, cosa que me implica ir a Barcelona, pero no he de bajar cada día porque hay un equipo muy potente que saca adelante el proyecto.
En cuanto a mi trabajo más artístico, como actriz y cantante, me centro en proyectos que me estimulen mucho, que me muevan. Mi último trabajo es La Maternidad de Elna. Hace 10 años que interpreto este espectáculo en solitario, junto a un pianista, y estoy superfeliz porque es también un proyecto de respeto y amor por la vida y la memoria, porque recupera la historia de la Maternidad de Elna y de Elisabeth Eidenbenz, que para mí ha sido, en el ámbito teatral, el proyecto de mi vida. La Maternidad de Elna habla del éxodo republicano, después de la Guerra Civil española. Es una historia de luz dentro de una historia terrible como es la guerra civil, el franquismo, la llegada a los campos de refugiados de Argelers, en Francia, todo son éxodos. Y me doy cuenta de que todo eso no está tan desconectado de la Fundación Miranda. Porque con la Fundación Miranda también hemos tenido la oportunidad de recuperar la memoria histórica con los caminos de trashumancia. Al transitarlos por primera vez en 70 años se te despierta alguna cosa que estremece, que espeluzna. Es este “hacer camino”…
En el aspecto práctico combino la Fundación —y en la parte más romántica e idealista, que yo lo soy mucho, abro paréntesis—, ausentándome para poder hacer la temporada teatral —la última fue en el Poliorama y hace dos años fue en el Lliure—, bolos, giras…con esta joya como es La Maternidad de Elna. Pero no participo en propuestas en las que no pueda decidir el número de funciones que van a tener lugar o los periodos de calendario que me permitan compaginar mi vida como intérprete con mi vida como presidenta de la Fundación.
“Hace 10 años que interpreto en solitario, junto a un pianista, La Maternidad de Elna, un proyecto de respeto y de amor por la vida y la memoria histórica.”
Seguimos hablando de la Fundación Miranda. ¿Cómo se vive en primera persona la transformación que experimentan los caballos desde que los rescatáis hasta que pueden volver a pacer libremente?
Se vive como un proceso en el que estamos absolutamente comprometidos. Un proceso que requiere mucha escucha, mucho respeto, mucha confianza en la resiliencia, en el empoderamiento del otro, porque se trata de un punto delicado de la Fundación. Hemos de ser muy cuidadosas y concentrarnos en no mirar al otro como “pobrecito, yo te salvaré”, porque ese es un patrón que se repite en el mundo de las fundaciones y las protectoras (nosotros no nos consideramos una protectora). Lo que hace falta es preguntarnos cuánto queremos proteger y ayudar, por qué razón queremos hacerlo y desde dónde. Si decimos “pobrecito, yo te salvaré”, estamos situando al otro por debajo nuestro, y le impedimos que conecte con su propia fuerza y su capacidad de resiliencia y de superar la adversidad. Es esto lo que intentamos hacer con los caballos: mirarlos, reconociendo todo su poder y fuerza. Son muy grandes y muy capaces.
Es cierto que, en muchas ocasiones, hay caballos que cuando llegan a la Fundación con una edad avanzada y después de una vida de confinamiento, de comer cosas que no le corresponden a un herbívoro, de estar herrados y privados del movimiento y de la conexión social…, el cuerpo emocional desea vivir en libertad pero el cuerpo físico ya no puede, y son caballos que han de vivir siempre en un espacio de transición. No pueden vivir en la montaña en manada, sino que han de hacerlo en un pequeño grupo tranquilo, en una finca fácil y no tan grande, y a menudo requieren que completemos su alimentación con heno, con hierba seca, además de la que puedan comer mientras pacen. Pero en general los caballos se adaptan a la vida en libertad y encuentran un espacio, un lugar en alguno de los sistemas de nuestros rebaños. Y aquí ves una reconciliación impresionante entre especies, y del caballo con los demás caballos y consigo mismo.
Yo diría que este proceso constituye un aprendizaje muy profundo que necesita de un profundo respeto, una escucha abierta y un trabajo personal espectacular para no precipitarse, para no interferir, para no hacer cosas humanizando. Hemos cometido errores, y de los errores hemos aprendido, y yo creo que somos cada vez más sabias y nos acercamos a la maestría. De todas formas, cada caballo, cada vida, cada organismo, cada sistema nervioso es un mundo, y eso hace que el aprendizaje no acabe nunca. Es muy impresionante y un privilegio compartir el camino y la vida con estos seres.
“Vivir los procesos de los caballos requiere mucha escucha, respeto, confianza en el empoderamiento del otro, en su capacidad de resiliencia y de superar la adversidad. Es un aprendizaje muy profundo.”
¿Cómo transforma a las personas, el hecho de estar entre caballos libres en plena naturaleza?
Como dice la pregunta, se trata de estar, entre caballos libres, no de hacer. Cuando dejamos de hacer nos damos la oportunidad de recibir lo que ellos nos inspiran, y lo que nos inspiran es el hecho de estar presentes: la atención plena, la empatía, la escucha, romper nuestras creencias, porque ellos las rompen continuamente y nos sorprenden (cuando llegamos a una conclusión, la desmontan y ¡hemos de volver a comenzar!)…
Yo he visto procesos muy potentes. Son una llave, un atajo que va directo a la emoción. Los caballos nos permiten que bajemos nuestras defensas: no tenemos que defendernos de nada, porque ellos no nos juzgan y eso nos permite mostrarnos muy abiertos, ser más vulnerables, y es desde esa vulnerabilidad que podemos trascender las afirmaciones asociadas a los diagnósticos de las personas para poder llegar al alma, donde se supera la auténtica transformación. No se puede explicar: es una experiencia que se ha de vivir.
“Entre caballos libres se trata de estar, no de hacer, y yo he visto procesos muy potentes, preciosos. Son una llave, un atajo que va directo a la emoción.”
Podemos hablar del campo magnético, del campo sistémico, de todo lo que hacemos con constelaciones sistémicas con los caballos, pero nos mantenemos mucho en el no-hacer, en el hecho de contemplar. Aparte de esto también podemos observar. Se puede hacer observación etológica, pero no pueden reducirse las relaciones y la vida de los caballos a una cosa científica, a la etología. Del mismo modo que no podemos hacerlo con las personas, hay un montón de cosas que se nos escapan y que se encuentran en un terreno mucho más sutil. Nosotros no somos caballos y es imposible entender todo lo que dicen, entre ellos y a nosotros. ¡Cuando pienso en todo lo que nos perdemos! En las pequeñas miradas, pequeños movimientos… Cuando vives con ellos ves cada vez más cosas, pero te das cuenta de que toda esa información te llega cuando no estás tomando notas con un bolígrafo de todo lo que es etología, sino cuando estás expuesto a su día a día, sin pensar. Se parece mucho a un estado meditativo.
He vivido procesos preciosos: desde personas que se abrazan al caballo y no paran de llorar durante una hora, hasta personas que, sin decir nada, respiran, “descargan” y te dicen “¡gracias!”. No hace falta saber nada más de aquella persona, porque tú estás allí, presente, acompañando y lo mejor que puedes hacer es no interferir en lo que tiene lugar entre el caballo y el humano. Y la persona se lo lleva consigo.
Como ejemplo, los campamentos con niños constituyen una semilla de por vida, una semilla de conciencia, de educación ambiental, pero también de autoconocimiento y de curar muchas heridas, de reconciliación con uno mismo, de renegociación del trauma… Trabajamos con diferentes metodologías, la sistémica —que ya he comentado—, la experiencia somática, el yoga, el mindfulness…, pero el maestro es el caballo.
“Trabajamos con diferentes metodologías, la sistémica, la experiencia somática, el yoga, el mindfulness…, pero el maestro es el caballo.”

¿Cómo es vuestra vida cuando estáis en el Pla de l’Orri?
La vida en el Pla de l’Orri es un regalo. No porque sea fácil ni agradable siempre, porque yo diría que vivir aquí no es ponérselo fácil, sino porque es querer seguir realmente en un camino de aprendizaje, de mejora personal y de autoconocimiento. Aquí tenemos naturaleza en vena: estamos continuamente en contacto con la vida y con la muerte, con lo más intenso, con lo más bello, y con lo más difícil, lo más duro. Requiere estar muy centrado, mucha fortaleza interior, mental, emocional. Y una dosis de espiritualidad, también, para poder entrar en comunión con este espacio, que tiene una energía sanadora muy especial.
El Pla de l’Orri es una de nuestras sedes, pero es también el origen, donde todo empezó. Es un paraíso para los caballos y las personas, pero el día a día aquí requiere una autodisciplina importante ya que se trata de un espacio con comunicaciones difíciles, con accesos complicados, que en invierno queda incomunicado durante algunos días, que pone en evidencia el territorio y todas las limitaciones.
Aquí hemos vivido lo mejor de las personas pero también lo peor. Es decir, hay quien viene a insultarnos, a decirnos “pixapins”, que qué nos hemos creído, que este espacio ha estado siempre abandonado y que ellos vienen porque así lo han hecho siempre. Vienen a hacer uso de su poder, en lugar de celebrar que aquí hay un proyecto de vida, un proyecto de amor, que cuida, guarda y preserva este espacio, con muchos valores naturales. Es una pena que, en lugar de valorarlo, se convierta en algunos casos en un rechazo —envidia, yo creo. El entrenamiento consiste en continuar con nuestro propósito y no entrar en esa energía. Dejar que se la lleve quien la ha traído. Solamente se pone en evidencia lo que es del otro cuando tú no te enganchas. Y esto es un superentrenamiento, de manera que esas personas acaban siendo también maestros, para mí.
Nuestra vida, como decía, requiere autodisciplina y muy buena organización. Es un regalo, una maravilla, y te ha de gustar porque es comunión con la naturaleza y en algunos momentos no es fácil, es duro. Aquí hemos pasado mucho frío, muchas privaciones, muchas dificultades. Pero estamos cada vez más preparadas para vivir aquí. Ahora vivo aquí con mi actual pareja, Marc Giró, creador del proyecto Cavalls Guiabosc Baridà, que es el responsable del bienestar de los caballos de la Fundación en el Pirineo así como de la trashumancia (es nuestro guía de trashumancia). El tiene una gran fortaleza y un profundo amor por la naturaleza (¡él es naturaleza!), y estamos conectados en este proceso de vida en el Pla de l’Orri, junto con mi hijo, que ha crecido aquí. Mi hijo, Zerayehu, es adoptado de Etiopía. Ahora tiene 14 años, pero llegó aquí cuando tenía cuatro, y ha crecido jugando con los perros, los caballos, los árboles, con la Tierra…¡También él es naturaleza!
“Vivir en el Pla de l’Orri es querer seguir realmente en un camino de aprendizaje, de mejora personal y de autoconocimiento.”
¿Con cuántas madrinas y socias contáis actualmente?
Contamos con unas 300 personas que nos dan su apoyo, de las cuales 30 son madrinas y, el resto, socias. Las madrinas pagan entre 40 y 60 euros al mes, dependiendo de si apadrinan un caballo, un poni o un burrito, y las socias pagan un mínimo de 10 euros al mes. Todas son fundamentales ya que constituyen la red de apoyo más importante e incondicional con que cuenta la Fundación, y sentimos un gran agradecimiento hacia ellas.
¿Qué supone participar en una de las trashumancias?
Participar en una trashumancia supone estar preparado para estar al servicio de una causa, de un propósito, que consiste en acompañar los caballos de unos pastos de invierno a otros de verano para que puedan seguir paciendo en libertad, para que no sean seres dependientes y puedan seguir viviendo en plenitud. No es, en este momento, una actividad ecuestre, una actividad turística. Podríamos decir que se trata de una actividad ecoturística, pero en realidad la mirada ha de ir más allá.
La persona que nos acompaña, hoy en día voluntaria, ha de conectar con ese propósito y ponerse a su servicio. Aquí lo más importante es el bienestar de los caballos, y lo hacemos teniendo en cuenta la seguridad de las personas. Hay personas que montan, hay personas que llevan el coche de asistencia y la logística… Montamos porque, si vamos caminando, llega un momento en el que perdemos los caballos —cuando se conocen los caminos, ¡empiezan a ir muy deprisa!— y no podemos tener grupos de caballos cruzando carreteras solos. Se trata de una situación de mucho riesgo que no podemos permitirnos, ni por ellos, ni por nosotros, ni por el proyecto. Ellos se saben el camino y por lo tanto no se equivocan, pero hemos de acompañarlos. Si montamos, podemos ir junto a ellos y no perderlos. Hay un momento en el que conseguimos que paren, o deciden parar y sabemos dónde están porque estamos con ellos. Normalmente, el ratio es de 4/5 jinetes por cada 15-50 caballos, dependiendo del año, del momento, de la situación y de las piezas que tengamos. En este momento tenemos animales paciendo en tres lugares de Catalunya: Coll de Nargó, Garraf (Olivella) y Pla de l’Orri, en el Berguedà.
“Participar en una trashumancia no es una actividad ecuestre ni una actividad turística. Podríamos decir que se trata de una actividad ecoturística, pero en realidad la mirada ha de ir más allá.”
¿Qué implican, para la Fundación, las trashumancias?
Actualmente nos estamos planteando parar un poco el movimiento y reducir el número de trashumancias, porque son muy costosas y arriesgadas, nos suponen un gran desgaste y realmente la complicidad de la Administración es muy baja, por no decir nula. Y una fundación privada, sin recursos, no puede estar invirtiendo en recuperación de caminos, logística, producción, seguros, el trámite de permisos que a veces se dificultan o deniegan… Hasta que no tengamos más complicidad administrativa, reduciremos —si es que no las dejamos de hacer— las trashumancias, y este invierno nos quedaremos en el lugar donde pacen.
Hemos reducido el número de caballos en cada uno de los lugares que hemos mencionado para que los espacios puedan aguantar los caballos durante todo el año, sin reposo invernal. El reposo se hace mediante rotaciones entre fincas dentro de la misma zona. Disponemos de dos espacios en cada zona y podemos ir de una finca a otra haciendo un vacío sanitario, hecho que reduce la carga parasitaria y permite la regeneración de los pastos, y a la vez no nos obliga a recorrer todo Catalunya para encontrar nuevos pastos. También he de decir que el hecho de arraigar y la quietud son necesarios para profundizar, consolidar y estructurar los proyectos; esta es un poco la etapa que estamos abriendo ahora.
La vida es movimiento, el caballo es movimiento, y en el proyecto es todo muy cíclico. En el movimiento que ha representado la trashumancia hemos descubierto y aprendido muchas cosas, hemos creado estrechos vínculos y hemos vivido momentos únicos, irrepetibles, de comunicación con los caballos, con la naturaleza, con el grupo de personas… que nunca olvidaremos. ¡Yo diría que hemos vivido algunos de los mejores momentos de nuestras vidas!
“Hasta que no tengamos más complicidad administrativa, reduciremos —si es que no las dejamos de hacer— las trashumancias, y este invierno nos quedaremos en el lugar donde pacen.”

Vuestro compromiso con los animales, la naturaleza y el territorio es esencial. ¿Creéis que la gente conoce la labor que realizáis, en general?
Los caballos, allá donde pacen, aportan biodiversidad y hacen prevención de incendios. Yo creo que la Fundación empieza a ser muy conocida gracias a eso y a las trashumancias. Pero más allá de la vertiente medioambiental, hacemos también una tarea social con colectivos en riesgo de exclusión social y con todo tipo de personas, porque todos estamos en riesgo de exclusión social y todos tenemos temas para mejorar y transitar.
Creo que somos muy conocidos pero, a veces, poco valorados por la Administración. Con quien tenemos más vínculo es con la Diputación de Barcelona, y nos queda mucho trabajo por hacer. Hace falta poner en valor y capitalizar todo lo que la Fundación aporta al territorio, a los caballos y a la naturaleza: nos hacemos cargo de caballos que serían un problema para la Administración (caballos maltratados, abandonados, desahuciados) y los ponemos en grandes espacios naturales, de manera que mejoran la biodiversidad, a la vez que realizan gestión forestal y prevención del fuego. Todo esto lo conectamos con la conservación del urogallo en el Berguedà o el águila perdicera y la tortuga mediterránea en el Garraf. Al mismo tiempo, estos caballos que se recuperan de su trauma y viven en plenitud se convierten en un recurso positivo y de salud para las personas que se acercan a ellos en un entorno natural y de gran calidad, es decir, que cerramos un círculo virtuoso, como nos muestra la trashumancia.
La trashumancia la hacemos por los caballos, la hacemos con personas y la hacemos en la naturaleza. Además, es cultura y naturaleza, porque recuperamos la memoria histórica y promocionamos productores locales, de proximidad, agricultura y ganadería ecológica, el respeto por la vida y el medioambiente…
“Creo que somos muy conocidos pero, a veces, poco valorados por la Administración, y que hace falta poner en valor y capitalizar todo lo que la Fundación aporta al territorio, a los caballos y a la naturaleza.”
Pienso que la Fundación Miranda, que comienza con un propósito que es para los caballos, para las personas y la tierra, continua conectada a este propósito, que se ha ido haciendo más y más profundo y complejo.
Hemos aprendido mucho, nos hemos dado a conocer, pero todavía estamos en un patrón de lucha porque nuestro país no está preparado para un proyecto como este. Somos avanzados a nuestro tiempo, visionarias, y nos encontramos siempre en limbos administrativos: no somos ganaderos, pero se nos exige todo lo que se les exige a los ganaderos, que no es poca cosa, sin embargo, no tenemos derecho a ninguna de las ayudas que ellos reciben porque nuestro producto no acaba en el plato. Creo que esto debería cambiar con un nuevo paradigma. Nosotros aportamos un nuevo paradigma de bienestar de los animales que es sostenible; lo que ocurre es que la Fundación no es sostenible del todo porque le falta el apoyo administrativo que haría que lo fuera.
Si nos fueran accesibles todos aquellos espacios públicos abandonados o que los ganaderos tienen y declaran porque reciben ayudas y subvenciones, pero que no pastorean, el nuestro podría ser un proyecto muy sostenible. Si tuviéramos las mismas ayudas que tienen los ganaderos para pagar los cercados o los arrendamientos de las fincas, el proyecto sería sostenible.
Lo que no es sostenible es rescatar un caballo que se encuentra en un lugar y ponerlo en pupilaje en un centro hípico, porque esto significa pagar y hacerlo por un paradigma que no es el de bienestar de los caballos, sino que es obsoleto e insostenible. Algunas hípicas empiezan a cambiar y facilitan más espacio y grupo a los caballos, pero el modelo arcaico es el que tiene a los caballos estabulados y separados entre ellos, hecho que les acorta la esperanza de vida a la mitad, porque la naturaleza ha diseñado los caballos para que se muevan para comer y coman para moverse. El corazón del caballo necesita el movimiento, espacio y grupo.
“Estamos inmersos en un patrón de lucha porque nuestro país no está preparado para un proyecto como este. Somos avanzados a nuestro tiempo, visionarias, y nos encontramos en un limbo administrativo.”
¿Cómo imaginas vuestro futuro como entidad, y cómo proyectas el tuyo, personal y profesionalmente?
Nuestro futuro como entidad es llenar las montañas de Catalunya de caballos libres, felices, donde puedan ir personas con respeto por los caballos y por las otras formas de vida que habitan los bosques. Donde puedan hacerse baños de bosques habitados, en el que los baños multipliquen el efecto, porque los caballos son un prisma, un catalizador.
Me lo imagino no tanto en lucha, sino fácil, grande. Me imagino que estaremos en muchos lugares, pero no desbordados de trabajo como ahora, sino con una estructura que se pueda sostener, con muchos más socios y padrinos que harán posible que continuemos nuestra labor. No podremos salvar a todos los caballos, pero sí que podremos explicar a muchas personas qué es respetar un caballo, ser amigo de un caballo y establecer un vínculo, porque cuando nosotros hacemos vínculos nos convertimos en mejores personas. ¡Yo creo que la divulgación es tan importante como el resto de cosas que hacemos!
En el ámbito personal me imagino junto a este equipo sólido de personas, que somos todas voluntarias (salvo tres de ellas). Me imagino que puedan tener un sueldo profesional, facilitar su vida y que yo pueda ser más presidenta y menos directora de orquesta, y vivir con más calma y más presencia. Poco a poco lo voy consiguiendo y este es uno de mis propósitos: poder disfrutar algo más de todo lo que he ido creando y de todas aquellas personas que se han ido sumando a mi idea y que siento muy cercanas porque son, de algún modo, mi familia cósmica.
Fundación Miranda
Caballos libres, prevención de incendios y conectividad del territorio
Pla de l’Orri (Alt Berguedà)
Tel.: 672 608 000 / 634 960 215
https://www.fundaciomiranda.org
https://www.fundaciomiranda.org/blog
cavalls@fundaciomiranda.org
Facebook
Instagram
Twitter
Youtube
Personas de contacto: Rosa Galindo y Virginia Tamayo