30 cabres

Hacen quesos de leche cruda de cabras alpinas que pacen en Eller, en el Pirineo. Los suyos son quesos éticos y respetuosos con el medio, que permiten que las cabras tengan una buena vida y a la vez contribuyan a la preservación del paisaje, puesto que mantienen limpios prados y márgenes, y ayudan a conservar abiertos caminos y a limpiar el sotobosque.
Los hace especiales el trato que dan a su pequeño rebaño de 50 animales, y lo que comen, al lindar de los 1.500 m de altura.

La quesería de Eller

“30 cabres nació en marzo de 2016, cuando trajimos de Francia nuestras 30 cabras, el rebaño con el que empezamos. Los animales tenían poco más de un mes de edad. Somos unos enamorados de este territorio, la Cerdanya, de sus montañas y de su paisaje, así que decidimos dejar nuestro trabajo anterior, que nos obligaba a estar fuera viajando demasiado tiempo, para iniciar un proyecto completamente vinculado al territorio, que lo pusiera en valor y que nos permitiera aportarle alguna cosa, gestionarlo para mantenerlo.”

Así nos hablan de su proyecto Sara Gutiérrez y Miquel Àngel Queralt, que se describen como personas que luchan por lo que quieren, trabajadores incansables. Creen que es necesario actuar, y por ese motivo decidieron cambiar su anterior trayectoria profesional como fotógrafos en Barcelona y viajando por todo el mundo, por su actual estilo de vida, en el Pirineo. De una actividad centrada en la fotografía profesional de competiciones de motocross para marcas y revistas de prestigio, pasaron a elaborar quesos a unos 1.500 metros de altitud: “sentíamos que era lo que queríamos hacer, así que decidimos lanzarnos y hacerlo. Lo que hacíamos ya no tenía sentido, no era nuestro lugar.”

Ahora, con 30 cabres, conducen su pequeño rebaño a pastar cada día. Lo hacen incluso en invierno, aunque en esa estación no elaboran quesos, ya que es la época del año en la que las cabras descansan de la lactación. De su anterior forma de vida, encuentran a faltar el poder descansar de vez en cuando, pero tienen claro que la montaña es su casa, donde se sienten a gusto. “Un día mirábamos la Cerdanya desde un punto alto y comentábamos que se estaban abandonando y perdiendo prados y pastos, en el valle, pero también en la alta montaña. Y decidimos que teníamos que hacer alguna cosa.”

“Somos personas que luchamos por lo que queremos, trabajadores incansables. Y siempre hemos pensado que es necesario actuar.”

Formando parte del ecosistema

En su proceso, Cal Miquel de Eller jugó un papel importante. “Teníamos claro que queríamos cambiar de vida, que deseábamos quedarnos en el pueblo y crear un nuevo trabajo aquí, así que empezamos a darle vueltas, hasta que un día pensamos en devolverle a la casa la vida que años atrás había tenido… Una familia, animales, hierba en el pajar…Así, decidimos que queríamos convertirnos en payeses, y tuvimos claro que teníamos que formarnos en la Escuela de Pastores del Pallars. Sabíamos que queríamos vivir en un lugar como este y formar parte del ecosistema.”

En la Escuela hicieron un curso y parte de las prácticas las realizaron en Francia. De todo lo que aprendieron destacan las prácticas, ya que vivir durante dos meses en una pequeña ferme en el Ariège les inspiró y les permitió descubrir un modelo poco habitual en Cataluña, un modelo que han intentado trasladar a Eller.

Pero comenzar un proyecto desde cero fue muy duro y complicado. Explican que vivir todo el año en un pequeño pueblo de tan pocos habitantes es complejo, y más teniendo en cuenta que son “forasteros”. “A diferencia de lo que uno pueda pensar cuando llegas, un pueblo pequeño no siempre es garantía de compañerismo, fraternidad ni buen ambiente, aunque también hemos encontrado personas que nos han animado.” Pero a pesar de todos los inconvenientes ligados a sacar adelante una iniciativa como la suya, ellos siguen adelante. “Hemos recibido algunas ayudas del Departamento de Agricultura que han aliviado una parte de las importantes inversiones que es necesario realizar para disponer de un buen corral para las cabras y una quesería. Además, en el Departamento tuvimos la suerte de encontrar unas técnicas que nos asesoraron muy bien desde el primer día.”

“Queríamos convertirnos en payeses, y tuvimos claro que teníamos que formarnos en la Escuela de Pastores del Pallars. Sabíamos que queríamos vivir en un lugar como este y formar parte del ecosistema.”

Una relación única con el rebaño

“Cada una de nuestras cabras alpinas tiene nombre y un lugar importante en casa y dentro del rebaño. Se trata de una relación muy cercana y personal dado que pasamos muchas horas con ellas. Cada una tiene su carácter, sus flaquezas y sus manías, pero todas son especiales.” También tienen perros, de dos tipos: los de conducción del rebaño que les ayudan a guiar las cabras, mientras que los de protección conviven permanentemente con ellas y las protegen de cualquier peligro que puedan detectar. “Su trabajo es fundamental, ya que no solamente defienden las cabras de potenciales depredadores, sino de otros perros que puedan suponer un peligro para ellas. Es necesaria mucha pedagogía para que la gente entienda cuál es la tarea de estos perros y cómo han de comportarse en las zonas rurales cuando están en presencia de rebaños protegidos por ellos. Hemos perdido la cultura de cómo comportarnos cuando salimos de las ciudades.”

El día a día de Sara y Miquel Àngel empieza por ordeñar, excepto en invierno, cuando dan descanso a las cabras para que puedan seguir su ciclo natural. Inmediatamente después les dan de comer en el corral, y realizan tareas varias en la granja y en la quesería. A continuación, salen a pastorear, durante más o menos horas en función de la época del año y las condiciones climatológicas. “Además del trabajo, dependiendo del día, bajamos a vender al mercado —los sábados por la mañana en la Seu d’Urgell— o vamos a ferias, atendemos a la gente que viene a la granja a comprar queso (siempre llamando antes) y al atardecer volvemos a ordeñar las cabras y a darles de comer. En un proyecto como el nuestro, somos dos personas quienes lo hacemos todo. Cuidamos del rebaño, salimos a pastorear para que las cabras coman y ayuden a gestionar el territorio, ordeñamos, hacemos el queso, lo vendemos, gestionamos todo el papeleo que exigen los Departamentos de Agricultura y Sanidad, e intentamos comunicar y darnos a conocer para poder vender mejor nuestro producto. Eso sin olvidar trabajar los campos.”

Consideran que hay muchas trabas administrativas para el desarrollo de su actividad: “la burocracia es muy pesada y a menudo las normativas que se exigen a los pequeños productores son las mismas que se aplican a productores de tamaño casi industrial, y ello complica mucho la labor y a veces asfixia. Tener las mismas exigencias que productores mucho más grandes implica unas inversiones en equipamientos y tiempo que dificultan mucho el trabajo y la viabilidad de pequeños proyectos. Además, económicamente, las inversiones para empezar desde cero un proyecto como el nuestro son muy elevadas y los primeros ingresos no llegan hasta al cabo de muchos meses, sin embargo estamos obligados a cotizar desde el primer minuto, aunque no hayan ingresos.”

“Tener las mismas exigencias que productores mucho más grandes implica unas inversiones en equipamientos y tiempo que dificultan mucho el trabajo y la viabilidad de pequeños proyectos.”

Mucho más que un queso artesano de leche cruda de cabra

Sara y Miquel Àngel realizan visitas a la granja para que la gente conozca el proyecto y su manera de trabajar con los animales, así como sus quesos, pero comentan que no son una actividad turística, ni un pasatiempo, ni una granja escuela.

Consideran que el queso es un reflejo del territorio en el que se elabora, y que el suyo “es alta montaña, es Cerdanya. Desde el entorno en el que pacen nuestras cabras, un variado ecosistema con prados, bosque y bosque de ribera, hasta el lugar en el que maduran nuestros quesos, una bodega natural que le aporta tipicidad, cada año, y cada época del año, los quesos tienen unas características determinadas.”

Los suyos son productos de proximidad, éticos y comprometidos con el entorno. “Tener un 30 cabres en la mesa es mucho más que poder disfrutar de un queso artesano de leche cruda de cabra. Es permitir que un pequeño proyecto, iniciado desde la nada, pero con toneladas de ilusión y esfuerzo, salga adelante. Permitir y contribuir al hecho que nuestras cabras sigan disfrutando de un trato basado en su bienestar y en el respeto hacia sus necesidades. Permitir que sigamos realizando una gestión responsable del territorio y el paisaje, porque recuperamos y enriquecemos prados de pastoreo y hacemos prevención de incendios cuando nos adentramos en el bosque con nuestro rebaño. Es darnos fuerzas para que sigamos pastoreando cada día, demostrando que otro modelo de ganadería y de producción agroalimentaria es posible. ¿No son estos motivos suficientes para escoger un buen alimento que, además, tiene un impacto positivo en nuestro entorno?”

Actualmente, solo venden sus quesos de forma directa, en la granja (llamando previamente para confirmar el horario), en la parada del mercado de los sábados por la mañana en la Seu d’Urgell (Calle Mayor, 28) y en algunas ferias que tienen lugar durante el año en la Cerdanya y en el Alt Urgell.

Siguen paso a paso el ritmo que les marca la vida en Eller. “Nunca hemos mirado muy lejos, estamos demasiado ocupados para hacerlo. Además, la vida puede cambiar en un momento de manera radical, así que ponemos todo nuestro esfuerzo e ilusión en el presente.”

“Tener un 30 cabres en la mesa es mucho más que poder disfrutar de un queso artesano, es permitir que un pequeño proyecto cargado de toneladas de ilusión y esfuerzo, salga adelante, demostrando que otro modelo de ganadería y de producción agroalimentaria es posible.”



30 cabres

La quesería de Eller

Cal Miquel, c/ Olopte, 1-3
25721 Eller, Bellver de Cerdanya
Lérida
42.415867, 1.792209

+34 616 54 77 95
30cabres@gmail.com

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Personas de contacto: Sara Gutiérrez y Miquel Àngel Queralt 

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